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Aprender con la interculturalidad


La estabilidad socioeconómica de Chile es el factor que habría convertido a nuestro país en el destino de miles de inmigrantes en los últimos años. De algún modo, parece que estamos en vías de ser una comunidad multicultural. ¿Cuáles son los beneficios de eso en el contexto escolar? Junto con desafíos, el panorama ofrece importantes oportunidades.

Datos de Extranjería dicen que entre 2005 y 2010, en Chile se emitieron más de 370 mil visas; entre 2011 y 2016, el número se elevó a casi 800 mil. La migración que llega hasta el país es principalmente laboral, no obstante, según el Ministerio de Educación, el número de inmigrantes que estudian en el territorio es alto; en 2015 llegó a 30.625 personas, incluidos los niveles preescolar, básico y medio, además de adultos que están regularizando estudios. La cifra se duplicó en 2016, llegando a 61.085. El mayor crecimiento se ha visto en escolares de Venezuela (164% de crecimiento), Haití (101%) y República Dominicana (99%), pero son los alumnos peruanos, bolivianos y colombianos aquellos que, en mayor medida, se han incorporado al sistema educacional.

Desde el área de Educación e Interculturalidad del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), estiman que el aumento no es explosivo, porque el registro en los colegios ha sido un proceso paulatino. Aun así, resulta evidente que la sociedad chilena está mutando a una con mayor diversidad cultural y es necesario hacerse cargo de eso, valorarlo, aprovecharlo y conocer las potencialidades de este escenario. Y es que la diversidad cultural se describe como un valor. ¿Cuáles son los beneficios? ¿De qué manera influye en los procesos de aprendizaje?

Según la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (París, 2005), cuando se reúnen diferentes culturas, surge una riqueza que considera las múltiples formas en que se expresan los grupos o sociedades. En esto destaca la interculturalidad que se logra con la interacción de diferentes orígenes. Para la Unesco, en tanto, la diversidad cultural puede mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje, contribuyendo a un desarrollo humano más pleno, transformándose en fuente de entendimiento y cohesión social.

Patricia Celedón, educadora, psicopedagoga y directora del centro Re-Activa, comenta que en el contexto escolar, cuando hay diversidad de culturas se beneficia la capacidad de los individuos a mirar la vida con mayor amplitud y tolerancia, integrando criterios diversos, eliminando prejuicios y erradicando fenómenos como el racismo o xenofobia, lo que promueve el respeto por la vida.

A su vez, los procesos de aprendizaje se enriquecen en mayor medida cuando se deben analizar conocimientos, experiencias y variadas estrategias utilizadas por otras culturas, ayudando a los estudiantes a ser más analíticos y reflexivos al plantearse diferentes puntos de vista para abordar el mismo problema. “En la medida que se recojan y perciban las experiencias que les rodean, los niños enriquecerán sus aprendizajes, lo que se puede traducir en mejores resultados académicos, especialmente si se desarrolla desde un inicio en el niño: hablamos de la observación, comparación y pensamiento analítico y crítico, aspectos que dependen en gran medida de las estrategias educativas que permitan desarrollar esas habilidades cognitivas, por lo que considero que todo depende, además, de la línea metodológica de la coordinación académica del establecimiento educacional al que asistan”.

¿Cómo puede un profesor aprovechar la presencia de alumnos de diversas culturas en una sala de clases en pro de la enseñanza y cultura inclusiva? “Los profesores tienen ahí un ‘valioso recurso’ para desarrollar la empatía y cultura inclusiva en cada uno de los niños de su grupo”, agrega la psicopedagoga. Lo anterior ocurre –sobre todo– si les permiten aportar las experiencias que viven en su entorno. “Cada vez es más frecuente encontrar en la sociabilización familiar diferentes grupos culturales, lo que utilizado en actividades de discusión o en trabajos de investigación colaborativos, permitirá a los niños expresar en forma espontánea sus diferencias y similitudes, generando espacios de curiosidad, interacción y respeto natural hacia la información y vivencias aportados por otros, teniendo el profesor un rol facilitador y moderador a través de la creación de puentes pedagógicos entre los diferentes culturas”, afirma Patricia Celedón.

Punto de vista social

Francisca Barría es trabajadora social de la Universidad de Valparaíso y realizó su proyecto de título construyendo criterios profesionales para la atención de inmigrantes. Aclara que prefiere hablar siempre de interculturalidad, recordando que este concepto implica interacción entre los individuos y la diversidad solo plasma la diferencia: “Chile estaría recién en la etapa de reconocer esa realidad, es decir, aún nos falta camino para recorrer en cuanto a la real interculturalidad, se debe trabajar para llegar a esta”.

Para la profesional, y según su experiencia atendiendo inmigrantes haitianos, la influencia de un entorno donde confluyen personas de diferentes orígenes y culturas siempre es positiva, sobre todo desde temprana edad: “Hace que el niño y la niña tengan apertura de mente, se familiaricen con un otro que es diferente, pero sigue siendo un ser humano como él o ella. Creo que propicia el respeto y la legitimación del otro, comprender que somos distintos y, aun así, tenemos cosas en común. Se puede hacer el símil con lo que ocurre cuando uno viaja y la mente se abre”.

Otro punto que destaca Barría es que el sistema educativo y la educación en sí deben tener mucha creatividad, y el hecho de que haya personas distintas en un aula fomenta eso, así como la diversidad de opiniones. Esto último porque –si bien cada familia se desarrolla de manera distinta– hay temas o hábitos que a nivel nacional serán los mismos: “Pero si conocemos niños y niñas de otros países, también habrá acceso a otras conductas, lenguajes, formas de comunicación, otro lente para ver el mundo. Eso resulta muy importante, porque da la opción de decidir e ir creando tu propia forma de ver la sociedad global, lo que puede conducir a una mirada más holística o integral, y profunda, con más matices. Por ejemplo, el caso de un niño o niña haitiana preescolar –hija de padres inmigrantes que han llegado a Chile, porque en su país viven una situación extrema– se integra a un colegio municipal donde tiene de compañero a un niño chileno que, tal vez, también pertenece a una familia con problemas económicos o sociales, pero probablemente menos extremos; en ese contexto, el hecho de que el pequeño chileno conozca la realidad de su amigo haitiano le hará ver las necesidades de un otro”.

Francisca recuerda el caso de Humberto Maturana, cuya madre era trabajadora social: “Él contó que ella lo llevaba a las entrevistas, desde pequeño. También fue con él a conocer los asentamientos humanos precarios o tomas de terreno. Y contó cómo eso lo ayudó a formarse, sobre todo, pensando en que niños en edades preescolares están absorbiendo mucho conocimiento y experiencias. Si bien el ser humano se forma durante toda su vida, esa etapa es básica para el posterior desarrollo, y mientras más diversidad e interculturalidad haya en las bases de su formación, el día de mañana, será un adulto mucho más abierto a aceptar a un otro, aunque sea distinto. Si cambiamos el paradigma desde la primera infancia, se crean adultos mucho más dispuestos a escuchar al otro y a viajar a través del otro, a co-construir; y eso repercute en un millón de aspectos, incluido el construir comunidad”.

Escolares más seguros

Las inquietudes en torno a la diversidad de culturas conviviendo en un colegio o en una sala de clases, han dado origen a investigaciones que aportan al conocimiento y mejora de los aprendizajes escolares y las políticas educativas. Por ejemplo, según un estudio realizado en Estados Unidos (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/28631304), cuando un niño tiene más contacto con ambientes multiculturales, será más seguro de sí mismo. La investigación dice que, incluso, aquello determina mejores resultados académicos. Para el informe, se analizaron más de cuatro mil estudiantes en 26 establecimientos del sur de California, donde había alumnos latinos, estadounidenses, asiáticos y afroamericanos; también, pequeños porcentajes de escolares de islas del Pacífico y de Medio Oriente. En los grupos de sexto grado, se analizaron dinámicas y desempeños, buscando saber la sensación de seguridad o vulnerabilidad ante el resto, qué tan justo o equitativo percibían el trato de los profesores y si jugaban o almorzaban juntos o segregados de acuerdo a origen o cultura. Las conclusiones fueron que, mientras más equilibrado ‘racialmente’ era un grupo, los alumnos dijeron sentirse menos solos y muy seguros, percibían a los educadores como justos y, a la hora de almorzar o jugar, esos niños se juntaban voluntariamente sin importar orígenes.

Otra investigación, esta vez realizada por The National Coalition on School Diversity (http://www.school-diversity.org/pdf/DiversityResearchBriefNo8.pdf), estudió las consecuencias de un ambiente intercultural durante 60 años. Su conclusión fue que cuando la enseñanza se desarrolla en ese ambiente, acarrea beneficios para todos, incluyendo a los estudiantes que pertenecen al país que obtienen mejor rendimiento respecto de aquellos que han estudiado en ambientes sin diversidad cultural.

Francisca Barría asocia estos resultados a que, si el estudiante se vincula con una persona de otra cultura y nuevas rutinas, conoce otros escenarios, se aleja de su zona de confort: “Cuando las personas salen de ese espacio, adquieren seguridad, porque al ampliar la mirada de la realidad se suman herramientas para enfrentar la vida. En ese estado, el aprendizaje se vuelve mucho más que conocimiento. Es sabido que nuestro proceso cognitivo tiene mucho que ver con lo emocional: se aprende aquello que emociona. Si en el caso de la inmigración se aprovecha la emoción de conocer a un niño de otra cultura, va a ser un bien para ambos, para la construcción de una comunidad estudiantil, incluidos los mejores resultados académicos, sobre todo, entendiendo la educación como un proceso donde existe interacción y emoción”.

Sin prejuicios

Aun cuando la interculturalidad parece ser a todas luces un contexto beneficioso, todavía hay quienes tienen prejuicios, por ejemplo, ante la idea de compartir la sala de clases con niños de otras religiones o costumbres. Incluso, está presente la idea de que estudiantes de ciertos países puedan tener un nivel más bajo de educación, temiendo que esos alumnos con malas notas influencien a los que obtienen mejores calificaciones.

Francisca Barría comenta que Chile aún es un país con una sociedad muy estratificada: “Todavía hay mucho racismo y prejuicio con la gente de color, por ejemplo. No parece ser lo mismo un inmigrante haitiano o colombiano que uno europeo. Eso no tendría que ser así, partiendo de la base que todos somos seres humanos. Además, los inmigrantes son personas con una situación difícil, donde hay que considerar que muchos han dejado su país por razones de fuerza mayor; dejan sus raíces y familia”.

¿Cómo enfrentar esta situación? La psicopedagoga Patricia Celedón comenta que el trabajo de educar es una labor en conjunto con la familia, por lo que es fundamental comprometer a los padres en los objetivos y valores que tiene por misión la entidad educativa, velar porque busquen y respeten las estrategias y compromisos que implica haber elegido ese lugar para sus hijos. Asimismo, es de vital importancia trabajar en talleres para padres aportando experiencias que refuercen la gestión educativa que se está realizando, integrar dinámicas grupales que recojan sus inquietudes para poder ayudarles a romper prejuicios, miedos, barreras que interfieran en el libre aprendizaje de los niños”.

Respecto del temor al bajo nivel escolar, la trabajadora social recuerda que los problemas de rendimiento académico no tienen que ver necesariamente con el origen, pueden deberse a distintos factores, como necesidades educativas especiales, precariedad social o familia disfuncional, entre otros. Agrega que es “absolutamente comprensible que un niño que sale de sus raíces, amigos y sociedad tenga, sobre todo en los primeros meses, un bajo nivel académico. No se le puede pedir un buen rendimiento si está viviendo una etapa de cambios. Por el contrario, a esos niños se les debe entregar mucha contención”.

¿Adaptar materias?

La rica diversidad cultural de América Latina es un potencial de creatividad, crecimiento y desarrollo humano, señala la Unesco, pero también, advierte, es posible que sea fuente de tensiones sociales. En ese escenario, las políticas públicas, y en especial las relacionadas con la educación, tienen como tarea transformar la diversidad cultural en un factor de entendimiento y no en uno de exclusión social.

Asimismo, la diversidad cultural existente en la sociedad y las salas de clases pueden generar la interrogante de si es necesario que los equipos docentes se preparen de una manera especial, con trabajo conjunto de psicólogos o profesores multilingües, también respecto de adaptaciones del currículum escolar; por ejemplo, en nuestro caso, no solamente enseñar Historia de Chile, sino realizar vínculos más profundos con otros lugares de América Latina. Algunas opiniones al respecto dicen que esto abre oportunidades en la formación de los estudiantes, porque les permite conectarse con la sociedad que se está construyendo en la actualidad, globalizada e intercultural.

El fenómeno de sociedades multiculturales hoy es mucho más asumido y comprendido, tanto por los equipos docentes como por la comunidad de padres y alumnos, cree Patricia Celedón. En la actualidad parece ser imprescindible que la educación vaya más allá del ámbito local, debemos educar niños ‘para el mundo’, cada vez con menos fronteras, reales o virtuales, pero más que integrar especialistas en los equipos de trabajo –dice la profesional– se deben incorporar nuevas mentalidades, más abiertas y actualizadas con las tendencias multiculturales que priman a nivel mundial. Y eso es algo que va más allá de lo que el educador puede haber aprendido en la universidad, “Eso –a juicio de Francisca Barría– tiene que ver con el cómo ese profesor se ha formado en tanto persona”.

Sin duda, formar equipos multidisciplinarios y aprovechar la interculturalidad como una riqueza, plantea un desafío y una oportunidad para los educadores y la comunidad completa. Es hora de seguir trabajando por la inclusión, ser creativos y sorprenderse por las posibilidades de aprendizaje en una sociedad de constante evolución.

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